Hoy en día, a pesar de que muchas de las iglesias de nuestro país se han llenado con la venida de hermanos inmigrantes, todavía quedan grupos que son conscientes de su responsabilidad hacia los inconversos. Ellos saben que la comisión que nuestro Señor dejó a sus discípulos antes de subir al Padre (Mt.28:18-20) sigue siendo un mandato para los suyos. Y por ello, salen a evangelizar en busca de los perdidos. Pero, ¿qué clase de evangelio se está transmitiendo? ¿Es realmente “evangelizar” lo que se hace?

No sé si somos conscientes de la trascendencia que tiene el hecho de cuidar qué tipo de evangelio estamos predicando. Pablo exhortó con claridad a los gálatas de que no debían aceptar ningún otro evangelio que no fuera el que Pablo y sus colaboradores les habían ya trasmitido. Les escribió así: “Pero si aun nosotros,  o un ángel del cielo,  os anuncia un evangelio diferente del que os hemos anunciado,  sea anatema. Como antes hemos dicho,  también ahora lo repito: Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido,  sea anatema.” (Gl.1:8-9)  El hecho de declararlo anatema, significa que era maldito, que no debía ser reconocido por la iglesia como proveniente de Dios.

Surge una cuestión: ¿hay otro evangelio? En realidad no es que haya otro, sino que se usa el evangelio de Cristo, pero de una forma alterada (Gl.1:7) Y es que el verdadero evangelio debe contener TODOS los conceptos necesarios para entender el plan de salvación que Dios diseñó. Para que el evangelio sea realmente una “buena noticia”, la persona debe conocer previamente la mala noticia de su situación de condenación ante Dios. ¿Para qué necesito un salvador si no tengo de qué salvarme? ¿Para qué tengo que creer y aceptar la obra de Jesús en la cruz a mi favor si no sé ni lo que es pecado? ¿De qué me tengo que arrepentir si me gustan las cosas malas que hago? Todas estas serían cuestiones que una mente lógica, pero desconocedora de Dios, se haría si nos escuchara el evangelio light que se predica.

No nos gusta sentir el rechazo de la gente y esto nos está llevando a trocear el evangelio que nos ha sido revelado y presentar exclusivamente las partes más agradables al oído humano: Dios te ama; se interesa por ti; Tiene un gran plan para tu vida; Él quiere salvarte y darte una vida llena de gozo, etc. Pero no nos conformamos con eso, sino que hemos comenzado a añadir componentes que no son ciertos. Por ejemplo decimos: Dios te ha escogido para que seas feliz y que te sientas valorado/a; Dios no podía vivir sin ti y por eso ha enviado a su Hijo para morir por ti; Dios quiere que te ames a ti mismo para que puedas amar a otros. ¿Dónde están estas afirmaciones en la Palabra? ¿Es posible que alguien se haya equivocado y hayan aparecido en mi Biblia versículos como “si alguno quiere venir en pos de mí (de Jesús), niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc.9:23) o “A los que antes conoció, también los predestino]  para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro.8:29) ¿No será que estamos cayendo en el error de querer agradar a los hombres antes que a Dios? (Gl.1:10)

El grave problema es que estamos llevando un mensaje incompleto (y por tanto, falso) que no tiene poder para salvación. La persona necesita indefectiblemente pasar por el proceso del arrepentimiento de sus pecados. Al que no se arrepiente, Dios no tiene nada que perdonarle. Jesús dijo claramente que Él no había venido a llamar a los justos (o a los que se sienten justos), sino a los pecadores al arrepentimiento. (Lc.5:32)

Hermanos, despertemos al hecho de que con estos métodos podremos conseguir que alguna persona más entre en nuestra iglesia, pero jamás obtendremos la salvación de las almas que nos escuchen. Y además, ellos creerán (porque muchas veces así se lo afirmamos) que ya son salvos por haber repetido una oración (aparentemente mágica). Se van convencidos (o a veces no tanto) que ya podrán entrar tranquilamente en el cielo, porque hay un Dios que los necesita. Y de esta forma, estaremos entorpeciendo la labor del Espíritu Santo de convencerlos de pecado, justicia y juicio, manteniéndolos en su camino al infierno, pero más contentos.

¡Hablemos de Dios y su amor,… pero también de su justicia! ¡Hablemos del amor de Dios por los hombres,… pero también de su rechazo total por sus pecados! ¡Hablemos del cielo,… pero también del infierno! ¡Hablemos de que la salvación es gratuita,… pero también del increíble precio que le costó a nuestro Señor Jesucristo! ¡Hablemos de la gracia de Dios,… pero también de que seguir a Cristo implica rendir por completo nuestras vidas a su voluntad! ¡Presentemos a Jesús como Salvador,… pero también como Señor!


Maite Larrañaga